La ciudad a estas horas es enorme. Todas las calles muertas, aquí ya nada late.
Seres inertes que deambulan por ahí deseando encontrarse unos con otros, para no sentirse tan solos, para repartir el dolor entre dos vasos y que pase mejor por la garganta.
Pero aquí nadie termina por encontrarse nunca. Todos vamos caminando mirando al suelo, con fuego en las pupilas y viendo nada más que asfalto.
Si esa chica que acaba de pasar en frente del portal 6 hubiese esperado sólo cinco segundos más, tal vez se hubiese cruzado con el chico de mirada ausente que bajaba las escaleras en ese preciso instante. Tal vez se hubiesen tropezado o simplemente se hubiesen mirado a los ojos. Tal vez ella hubiese reído y a él le hubiese encantado su risa. Tal vez hubiesen querido verse más veces. Tal vez podrían haberse llenado su vacío mutuamente. Tal vez la ciudad no les parecería tan grande de noche, estando juntos. Tal vez hubiesen sido insomnes felices de serlo juntos. Tal vez.
Pero la chica pasó de largo por el portal 6. Y el chico apareció cinco segundos después, con su mirada vacía y se perdió en un callejón, tal vez buscando algo para suplir la falta de alguien en su vida. La falta de la chica de la risa bonita. Por lo menos en esta ciudad no le faltan vicios para dejar de existir, al menos durante un par de horas.
Hay una niña sentada en la acera de enfrente. Lleva un vestidito blanco y unas de esas diademas de tela que las madres le ponen en el pelo a las niñas pequeñas. Es adorable, y está esperando esperanzada a que su padre llegue por fín a casa, lo lleva esperando mucho tiempo. Lo que ella no sabe es que su padre no va a volver nunca más. Ya no podrá correr hacía sus brazos cuando lo vea venir al final de la calle, ni podrá subirse a sus hombros mientras suben a casa, y tampoco podrá quedarse dormida mientras él le canta esa canción de cuna, la única que se sabe.
Su padre iba andando, se estaba dando prisa porque sabía que su princesa lo estaba esperando en la acera y hace mucho frío esta noche. Es un hombre pobre, no puede permitirse lujos, pero le había comprado a su hija una pulsera de plata con una inscripción: hoy cumple 6 años. Alguien debió verlo salir de la joyería. Alguien debió seguirlo, esperar a que se encontrase solo. Alguien lo apuñaló por una pulsera de plata. Alguien cambió el regalo de esa niña por un gramo de coca.
Pero todo esto la niña no lo sabía, ella seguía esperando sentada en el asfalto, con 2º de temperatura, pero no le importaba en absoluto. Sabía que su padre en noches frías siempre le calentaba leche y se la llevaba a a la cama, para que la bebiese mientras le cantaba esa nana, la única que se sabía. Pero eso ya no volvería a ocurrir, ya no. No quiero pensar cuanto tiempo tardará esa pequeña en volver a reír, no quiero pensar cuánto tiempo tardará en perdonar a la ciudad que le arrebató a su padre.
Miro hacía arriba y veo a un chico sentado en la cornisa de una azotea. Está solo, pero parecer esperar a alguien. Creo que podría subir y hablar con él. A lo mejor, si lo hiciese, podríamos hablar durante siete horas y media. Podríamos hablar de música o autodenominarnos como nos diese la gana con títulos nobiliarios. Supongo que podría hacerlo. En la azotea de enfrente hay una chica, está haciendo equilibrismos en pijama, es otra víctima de está ciudad insómnica. Tal vez los chicos de la azotea podrían bailar juntos, o no. Tal vez ella le pise los pies, pero él es un caballero, no se quejaría. Tal vez, si sólo fuesen capaces de cruzar de una azotea a otra por los cables de la luz... Tal vez.
Empieza a amanecer, y cuando el Sol llega a esta ciudad, todos los noctámbulos que vagamos por ahí solemos desaparecer.
Pudieron pasar muchas cosas, pero ya os dije que aquí todos queremos ser encontrados, sin embargo, nadie nos busca.
El chico de los ojos tristes morirá de sobredosis si no encuentra a la chica del portal 6. La niña dejó de serlo esta noche, ahora es una más de todos los que vamos sin rumbo fijo de madrugada. Y el chico de la azotea sigue ahí, sin saber ni siquiera de la existencia de la chica en pijama, pero él la espera. O tal vez...
"Atrévete a acompañarme, vamos a andar por los cables."