miércoles, 27 de junio de 2012

Toco. Primero por ti y luego también.

¿Y si lo que te da más fuerzas para seguir es también tu mayor debilidad? 
Sigo siendo el mismo que decidiste dejar en la puerta de atrás. Y de tanto llamar, me sangran los nudillos. Toco madera, pero no me salva, solo consigo clavarme más astillas.
Todo sería más fácil si decidieras escucharme ¿no? el problema no es que me ignores, el problema es que ni siquiera eres consciente de los gritos de auxilio que salen a presión desde el agujero negro de mi cabeza. ¡No lo sabes! Es eso... Mírame, riendo a carcajadas mientras por dentro resuenan alaridos que te harían retorcer de dolor y desesperación. Se puede, quiero decir... ¿Podría ser más cínico?
Creo que para responderme bastaría que cualquiera mirara la escena: Yo tocando tu puerta de pino, sufriendo  entre golpe y golpe, y tú dentro, desconociendo la procedencia de ese ruido tan molesto y decidiendo subir de volumen la música, ya sabes, para evitar escuchar tu nombre entre mis gritos.

Y aquí fuera hace frío, ¿me abres?

lunes, 25 de junio de 2012

El show continua. Contigo, pero sobre todo sin ti.

No es la pérdida, es saber que algo sigue yendo mal. Sigo buscando mi estabilidad y te juro por lo que me queda que lo hago, pero sigo estando en la cuerda floja, con un pie en el vacío y otro al borde del acantilado. Una sola palabra podría hacer que me precipite, pero salvarme sería igual de fácil. Un "ven conmigo" me alejaría del peligro inminente de caída libre. Pero nada, aquí no hay nadie, ni siquiera para darme el empujón final y poder así desaparecer.
Sigo estando ni aquí, ni allá. No pertenezco a ningún sitio y no se me va a echar de menos en ningún lugar. He olvidado lo que se siente tener ambos pies en tierra firme, caminar sin miedo. Pero después de tanto tiempo viviendo haciendo malabares he de decir que te acostumbras a saber que si trastabilleas un poco la función se acabó para ti.

Ya ni las luces del espectáculo te seguirán al fondo del precipicio.


¡Mírame!, aunque no veas nada.

Mírame. ¿Qué te parece lo vacío que estoy, eh? ¿Me sienta bien? Ahora no soy nada. Un desastre andante, pequeña. Y en mi interior tormenta, con alto riesgo de granizo.
Las expectativas de los demás fueron más grandes que mis ganas por conseguirlo y las tuyas, bueno, ya te lo dije la primera noche, lo que puedo ofrecerte nunca será suficiente, y aún así te quedaste... ¡Y mírame otra vez! ¿Nada? Nada.
Ahora mismo me falta verme reflejado como cuándo me ponía enfrente del espejo de tus pupilas. Compadecer ante ellas y esperar la absolución. Pero al parecer un día de aquellos decidieron condenarme por y para siempre. En mi cárcel mental soy yo el que no admite visitas, a menos que seas tú ¿eh? sigo esperando que vengas para encerrarte junto a mi, como solíamos estar. Juntos pero nunca libres.
Fuiste valiente por los dos y dejaste el cautiverio en el que tu amado enemigo te tenía sumida. Sabes de sobra que nunca he tenido la fuerza necesaria para huir -y mucho menos para hacerlo de mi mismo-, y tú ya estabas cansada de tirar de este conformista de tus desidias.
No te equivoques amor, aquí no hay rencor, no te culpo por nada. Pero desde el momento en el que dejé de existir para ti, desaparecí también para todos los demás. Si ya no tengo ni siquiera tu odio para llenarme, ¿Qué es lo que me queda pequeña? Yo te lo diré: nada.
La esperanza nunca ha abandonado mi alma, pero tampoco me acompaña. ¡¿Cómo va a estar conmigo si se fue persiguiendo mis 21 gramos, y estos, a su vez, se fueron detrás de tus tacones?! Mi alma es una de las tantas cosas que dejaron de pertenecerme. Tú la llenabas, tuya es.
En la lista de objetos perdidos se encuentra también mi tiempo, del cual tus pasos marcaban el tempo. Mi reloj parado y mis horas congeladas, ya sabes, invierno interno.
Las únicas ganas que me quedan son las de verte y sabes que no soy de hacerme falsas ilusiones. Pero si es por ti soy capaz de esperar lo absurdo, como que vuelvas a llamar a mi puerta.
Ya solo me queda por decirte, o gritarte, que este mártir ya no tiene razón para sufrir. Su razón se cansó definitivamente de él y se dio a la fuga, valorándose de una puta vez y sabiendo que merecía algo mejor, o por lo menos, algo menos destructivo.


Y aún así sigo en penitencia, esperando que perdones mis pecados.


No soy nada, me faltan mi reflejo, mi alma, mi esperanza, mi tiempo y mis razones.
Ahora no soy nada, nunca me creí nada. Solo fui algo, cuando era tuyo.

domingo, 24 de junio de 2012

Corazón en deshielo

Nos da la última calada, al cigarrillo y a mi. Lanza la colilla y mira como termina por consumirse mientras yo lo hago por dentro.
Me mira, me desarma.
Una mueca dolorosa con complejo de sonrisa aparece en su rostro y es ahí cuándo empieza a hablar mi mártir:

 - Y ahora, ¿Qué vamos a hacer pequeña? Nos creímos tanto y míranos, no somos nada.
Corazón en deshielo

- Seremos todo lo que deseamos ser si sigues aquí, conmigo. 
En el mio corren las aguas de sus glaciares


 - ¿Aquí? ¿Aquí, dónde? Si te quedas en este lugar ya ves, no tengo nada que ofrecerte. Soy todo expectativas que se han quedado en nada. No puedo hacerte falsas promesas de amor, ni firmar ningún tipo de contrato, ni siquiera puedo respetar ese cartel de '¡Cuidado! Frágil' que llevas colgado al lado izquierdo de tu pecho como uno de los lastres que te dejé. Y aún así, reconociendo el daño que puedo llegar a infringirte, me asesinaría en el momento que te hiciese sentir como yo. No, en el fondo solo hay sitio para mi, pequeña. Deberías buscarte algo mejor, pero soy demasiado egoísta y débil para reconocerlo. Así que, no dejes de creer en este suicida ¿vale? Y si dejas de hacerlo... bueno, mejor no lo hagas. Para mi no hay más alternativa que la tuya. 

Aquí abajo solo yo, pero tú desde arriba animándome a subir.

Discierne la luz desde el fondo del pozo 

¿Ves esa luz? Podría ser una salida... o no.

Está aturdido. Todos le dicen que hacer, pero él no parece comprender a nadie. Desesperado busca directrices, busca hacía donde ir. A cambio solo obtiene palabras vacías.
Camina sin rumbo mientras los ecos de las voces lo siguen. Quiere escapar y lo consigue. Ahora está solo con su pensamiento, sin embargo, sigue siendo desgraciado.
En su cabeza resuenan sin parar esos ecos invisibles, y ahora no hay nada que hacer, de su mente no puede escapar.
La desesperación no lo abandona, aunque resbala en forma de gotas por sus mejillas.

Y sigue así. Hundido como nunca lo ha estado, más allá de todo. Donde nadie podrá nunca encontrarlo.

Y sigue así, a la espera de un simple consejo, de una dirección que seguir.

"No creo que pida mucho" se repite, no tan convencido como el gustaría estar.

Desesperado.

Siempre igual. Todos le preguntan por qué lo hace, se lo recriminan y lo acusan, pero nunca nadie se ha parado a pensar que ha hecho que él llegue a esos extremos.
Lo hace para evadirse, para no pensar. Porque cada vez que lo hace surgen esas preguntas sin respuestas que lo han acompañado siempre.
Creen que es autodestructivo, pero él solo intenta proteger lo poco que le queda después de que le hayan arrancado una a una sus ilusiones y lo dejaran tan desvalido.



Consigue irse del mundo que lo ha tratado tan mal. Pero al volver, inevitablemente otra vez, vuelven a preguntarle por qué lo hace...